No hay imposibles. Río 2016 era su gran
objetivo y Carlos Felipa lo sabía. Militar de corazón y peruano de raza,
llegaba a Brasil a demostrar que para él no era necesario competir con
deportistas paralímpicos de gran talla, solo quería llegar con el Perú
impregnado en el pecho.
Pese a llegar indispuesto por tener una pierna
menos por acción de armas, su disciplina era el de salto largo. Comenzó de
menos a más. 3.98 al inicio, luego, 3.49, 3.92, 3.83, 3.55 y ya se iba casi sin
pena ni gloria.
Se acababa la jornada y le quedaba apenas una
última oportunidad. Sabía que no había oportunidad de alcanzar una medalla,
pero su meta no quería regresar como un deportista más.
Carlos con la bandera peruana (Río2016)
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Escucho su nombre. Se levantó y caminó
lentamente hasta el punto de largada. Se secó el sudor de los nervios que
recorrían su cuerpo. Tomó aire. Dio un par de ligeros saltos y finalmente
corrió con todas sus fuerzas hacia lo que era su despedida de Río. Saltó sin
infracción alguna y cayó en la arena con toda la fuerza que salió expulsado.
Miró al juez y este le indicó que todo estaba correcto.
Finalmente miró el tablero que indicaba el 4.10 final que lo ubicó en el octavo
lugar. Una sonrisa corroía sus labios. La satisfacción de haber representado al
Perú era todo lo que quería y lo mejor es que esto recién empezaba. La mirada
estaba ahora en Tokio 2020.
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